La adicción al gasto

05/02/2018
Paola Ycaza Oneto

Cuando la bonanza petrolera llegó a su fin el Gobierno no tuvo reparo en decir que la crisis fiscal que se vivió inmediatamente después no era un problema de exceso de gastos sino de falta de ingresos. Recordemos que durante la década pasada el gasto público llegó a alcanzar el 48% del PIB, habiendo sido el promedio desde el año 2000 hasta 2006 de 24%. Durante esa década incluso se decía que el gasto público es esencial para impulsar el crecimiento económico y que si el sector privado no gasta al mismo ritmo que lo hacía antes, es tarea del Estado hacerlo. Lamentablemente, esta idea es la que convirtió al Gobierno en un adicto al gasto público y obviamente es tremendamente difícil salir. La buena noticia es que ha habido adictos similares que, contra todo pronóstico, lograron salir de la adicción.

Hace casi tres décadas Canadá sufrió una profunda recesión y se balanceaba al borde de una crisis de la deuda causada por un creciente gasto público a tal punto que la prensa empezó a llamarlo “miembro honorario del Tercer Mundo”.

Canadá hizo fiesta con el gasto público por 16 años e incrementó el tamaño del Estado. Su entonces primer ministro, Pierre Trudeau, concibió políticas económicas tales como expansión de programas, incremento de impuestos, nacionalización de empresas e imposición de barreras a la inversión internacional. Esto empezó a debilitarse en los años ochenta cuando las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban en todo su apogeo y la globalización presionaba a Canadá para que hiciera reformas. Canadá implementó su reducción del impuesto sobre el ingreso, y privatizó alrededor de dos docenas de “corporaciones de la corona”. La otra gran reforma de fines de los años ochenta fue el tratado de libre comercio con EE.UU.

Sin embargo, el creciente gasto y la deuda pública complicaban el crecimiento y estaban creando inestabilidad financiera. Para principios de los años noventa, el gasto combinado de los gobiernos federal, provinciales y locales llegó a más de la mitad del PIB. En las elecciones de 1993, llegó al poder el primer ministro Jean Chretien. El gasto federal como porcentaje del PIB cayó de 22% en 1995 a 17% para el año 2000. Y esta proporción continuó disminuyendo durante la década del 2000 hasta llegar a 15% en 2006. Las reformas fiscales de los años noventa le permitieron al gobierno federal de Canadá balancear su presupuesto cada año entre 1998 y 2008. La deuda pública cayó de 68% del PIB en 1995 a 34% del PIB en 2012.

Las reformas fiscales de Canadá socavaron la noción Keynesiana de que reducir el gasto público perjudica el crecimiento económico. Los recortes de Canadá coincidieron con el principio de una bonanza de 15 años. El desempleo canadiense cayó más de 11% a principios de los noventa a menos de 7% para fines de la década, a medida que el Estado reducía su tamaño.

Puede que el síndrome de abstinencia al comienzo sea duro, pero en Ecuador es imperativo una reducción del gasto público al puro estilo canadiense y devolver al sector privado su rol protagonista en la actividad económica. 

*Este artículo fue originalmente publicado en El Universo

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