Federalismo: ¿un estado mental?

Francisco Swett (*)

En mis ensayos sobre el federalismo he enfocado mi atención en la crítica al Estado unitario que nos gobierna, a la arquitectura del régimen administrativo y al tributario; finalmente, al rol del gobierno central. Las reacciones recibidas han sido, como lo esperaba, de amplio espectro y, en muchos casos he podido notar que el entusiasmo o la crítica se basan en lecturas leves, o ninguna, de los textos. Es la resonancia que se espera desde las redes sociales en estos tiempos. Los extremos van de la incorrección política y la noción antipatria, a la expresión de una necesidad existencial que debe ocurrir de inmediato frente al estado de latencia y mediocridad que se vive.

Es evidente que en la historia presente del Ecuador los temas de fondo sobreviven en claustros académicos o son la posesión casi exclusiva de personajes quijotescos. Siendo así, ¿de qué suerte nos quejamos si no hay la voluntad colectiva de cambiar?

Reiterando lo argumentado en otro momento, no se trata de ganar más autonomía (como la actual administración municipal de Quito lo plantea en su proyecto de Estatuto Autonómico) pues esta será un saludo a la bandera mientras subsista la Cuenta Única y los gobiernos rapaces que la controlan.

Las permanentes violaciones por parte del Estado a los encargos fiduciarios que sustentan la distribución de los recursos a los gobiernos provinciales y locales, y la patente inequidad, producto de la discrecionalidad de las autoridades y de los burócratas, son y serán temas recurrentes bajo cualquier autonomía. De ahí nace la necesidad de asociarse federativamente bajo parámetros de gestión establecidos en lo administrativo, tributario y en la gestión de responsabilidades de cada uno de los integrantes de la nacionalidad ecuatoriana.

Es válido preguntar: ¿estamos listos para cambiar el pacto social que nos vincula como Estado unitario? La respuesta la debe dar cada cual.

Mientras más entendimiento gano sobre la dinámica social, los mercados, y el entre juego de la política y la economía, más me acerco a la conclusión de que los liderazgos importan para fortalecer las instituciones locales y así desprenderse de los caudillos.

Los países no adoptan cambios cuando su gente está amodorrada en el letargo del desinterés, o si la fuerza motriz de la sociedad se origina en los intereses creados de las plutocracias, de los líderes populistas o de los tiranos en potencia. Son las necesidades existenciales, la supervivencia o la presencia de Estados fallidos, las que originan los cambios de paradigmas, demoliendo el orden establecido, y acabando con el equilibrio estable vigente.

La discusión del federalismo, sin embargo, no puede cesar y hay que mantener la pauta requerida en foros, entrevistas, publicaciones y conversaciones.

Son doscientos años de deambular sin lograr una identidad que nos una en la diversidad, en la iniciativa local y en la equidad; y un factor determinante de ello es, precisamente, el modelo de Estado que rige.

Solamente en la medida en que nos atrevamos a actuar y pensar que la libertad reside en el individuo y en el medio en que este vive, adoptaremos un Estado que, como el federalista, puede vislumbrar mejores días para todos.

(*) El autor es Ex Ministro de Finanzas y actual Decano de Economía de UEES. Este artículo fue originalmente publicado en El Expreso el 09/06/2019

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