El superpoder del economista

27/06/2017
Steven Horwitz

A los economistas no suelen imaginarnos con súper poderes, pero si lo hicieran, probablemente nos imaginarían con el poder de “ver lo que no se ve”, así como Bastiat explicó hace 150 años. La mejor parte de este súper poder es que nos permite desafiar los paradigmas convencionales en busca de nuevas perspectivas. Incluso nos permite ver cosas que ni los súper héroes de los comics pueden.

Como muchos, acabo de ver y disfrutar la nueva película de la Mujer Maravilla. No soy un crítico del cine y mucho menos un entusiasta del comic, por lo que me abstengo de dar comentarios sobre la calidad de la película o de la autenticidad en el enfoque de la heroína. Lo que quiero es comentar sobre la idea central de la trama y lo que ésta implica en cuanto a cómo entendemos el mundo, y analizar cómo el súper poder del economista, de ver lo que no se ve, puede darnos una lección.

No creo que mi resumen delate mucho sobre la película, pero si aún no la has visto y quieres sorprenderte, quizá desees volver al artículo luego.

Intenciones versus resultados reales

El argumento principal es que la Mujer Maravilla se dispone a poner fin a la Primera Guerra Mundial con cierta ayuda, antes de que los alemanes usen un gas sumamente dañino que podría matar a millones de personas. La Mujer Maravilla, que es descendiente de los dioses, supone que la guerra ocurre porque los humanos están bajo el control del malvado Ares, el dios de la guerra. Ella considera que puede terminar la guerra al matar a Ares. Esto también le permite creer que los humanos son inherentemente buenos, pero están corrompidos por un dios malévolo.

Sin quitarnos la diversión, ella se da cuenta que su supuesto es incorrecto. Cuando se percata de ello, entiende que la razón de la guerra es porque los humanos tienen un lado malo en sus corazones, independientemente del accionar de los dioses. Nosotros tenemos la malicia suficiente como para matar de las distintas formas que se han visto durante la guerra.

El cambio de pensamiento de la Mujer Maravilla, desde lo que llamamos la teoría del “Gran Villano” de la guerra (y, quizá, de la historia en general) a la teoría de que los humanos están llenos de maldad, es una dicotomía usual del debate social. Los resultados sociales son con frecuencia se atribuyen a las acciones controladoras de un individuo poderoso o grupo pequeño, o a las intenciones de toda la humanidad.

Estas explicaciones no solo son aplicadas al análisis de escenarios desfavorables como la guerra, la hambruna, o la pobreza. En ocasiones, invocamos una u otra opción como motivo de los resultados que esperamos. Pensemos por ejemplo en la manera en que hablamos del Presidente Roosevelt y cómo él nos sacó de la Gran Depresión, o cómo la religión y el mito están llenos de historias de grandes seres humanos que crearon reglas para que las sociedades se desarrollen y prosperen.

El rol de las instituciones

El problema es que los dos tipos de razonamiento no abastecen a las posibles formas de hacer análisis social. Los resultados no necesitan estar conectados directamente a las acciones de los grandes hombres y mujeres ni a los estados psicológicos o intenciones de los humanos. Las guerras pueden suceder por razones ajenas a los deseos de individuos poderosos o a la malicia en los corazones de las personas. Después de todo, si estuviéramos cubiertos de tanta maldad como para buscar constantemente la guerra, ¿cómo podemos explicar la (relativa) paz que gozamos hoy en día?

Así como quienes dicen que la fluctuación en el precio del petróleo se debe a la ambición de las compañías enfrentan la dificultad de explicar por qué suelen caer los precios (¿acaso las compañías de repente se llenaron de altruismo?), quienes argumentan que el desorden social se debe a la maldad inherente al humano tienen que explicar cómo han sido posibles los largos periodos de paz y tranquilidad. Lo mismo se aplica para la teoría del Gran Villano: ¿por qué los periodos con tremendas calamidades o de considerable prosperidad parecen suceder sin personas de gran maldad o gran bondad a cargo?

Entonces, ¿cuál es la alternativa? La respuesta es: las instituciones. La estructura de las instituciones políticas, sociales y económicas, y la información o incentivos que ofrezcan, importan más que lo que está en nuestros corazones o en el nivel de bondad de la gente a cargo.  

Las instituciones como la propiedad privada, el imperio de la ley, el libre intercambio, y una moneda sólida proveen la información e incentivos necesarios para generar resultados positivos como cooperación social, paz, y prosperidad. Cuando esas instituciones son débiles o están ausentes, la cooperación social es menos factible y las probabilidades de conflicto bélico u otras formas negativas de interacción son más proclives.

El mercado lo ilustra muy bien. ¿Qué causa prosperidad? ¿Será el deseo altruista de los individuos en crear productos y servicios para los demás? ¿O será debido a un pequeño grupo de gente brillante que puede planificar una economía o inventar grandes tecnologías? Ninguna de esas.

La prosperidad surge como el resultado de las instituciones que garantizan la protección a la propiedad privada y al derecho de intercambiar y contratar, junto con un ambiente ético que ve a al lucro al menos como tolerable, o mejor aún, como moralmente loable. La prosperidad no depende de un Gran Hombre, ni de planificadores socialistas o emprendedores capitalistas. El emprendimiento puede hallarse en todo el mundo a lo largo de toda la historia. Que el emprendimiento produzca prosperidad depende del contexto institucional y ético en el que opera. Solo necesitamos entender que los humanos generalmente desean mejorar sus propias vidas y las de aquellos a quienes aman.

Viendo lo que no se ve

Analicemos la guerra. Los humanos no vamos a la guerra porque las personas poderosas tienen algún tipo de control sobre nosotros, ni porque tengamos tanta maldad en nuestro interior. Vamos a la guerra puesto que las instituciones y actitudes que promueven la cooperación social pacífica se han quebrado o destruido. Esto provoca que utilicemos la violencia y la fuerza para usurpar la riqueza de los demás por beneficio propio, en lugar de involucrarse en el intercambio mutuamente enriquecedor. A pesar de sus poderes divinos, los dos argumentos que la Mujer Maravilla usó para entender la guerra no le van a dar buenas respuestas. Eso se debe a que carece del súper poder del economista: ver lo que no se ve.

Las verdaderas causas de los fenómenos sociales exigen incluso a los hijos de los dioses detenerse a reflexionar.

Este fin de semana estaba pensando sobre la falsa dicotomía de la Mujer Maravilla mientras escuchaba una excelente charla de Kevin Williamson, corresponsal de National Review. Uno de sus argumentos es que como el pez que no sabe lo que es el agua porque siempre ha nadado en ella, las personas del naciente siglo XXI no apreciamos lo prosperas que somos, ni qué tanto hemos prosperado en comparación con la generación anterior, porque no hemos conocido nada más.

Considero que esto es cierto, y he tratado de recordarlo en algunas de mis publicaciones. La perspectiva de la Mujer Maravilla, sin embargo, nos ofrece la posible explicación de que ignoramos todo este mar que está a nuestro alrededor. Quizá porque no podemos atribuir la prosperidad a las acciones de unas cuantas personas  brillantes, o por algún cambio en la motivación humana, nos perdemos en la dificultad de entender y apreciar todas las bondades que nos rodean. Al menos no podremos verlas sin el súper poder del economista.

Lo que no podemos ver

A lo mejor, no sólo la prosperidad es invisible como el agua que rodea al pez, sino que las causas institucionales también lo son. Nosotros, en el próspero Occidente, también nadamos en instituciones que aún funcionan bastante bien en promover el desarrollo y la cooperación social. No apreciamos el rol que desempeñan la propiedad privada, el imperio de la ley, el libre comercio, etc., porque son parte de nuestro día a día en sociedad, y solo las notamos una vez que las perdemos.

Los poderes de la Mujer Maravilla no le permitieron entender las causas de la guerra. Pensar que poner fin a la guerra mediante grandes personalidades o cambios en el corazón de los humanos es un error que no podemos permitirnos en un mundo en dónde las instituciones que actualmente generan paz y prosperidad están bajo amenaza desde distintos frentes.

Si queremos mantener la prosperidad y la cooperación social que nos ha caracterizado en estos últimos 200 años o más, no deberíamos encender la batiseñal o llamar a Superman y otros súper héroes para salvarnos con sus súper poderes. En lugar de eso, deberíamos estar observando para cultivar en nosotros mismos el súper poder de ver lo que no se ve. Solamente eso nos permitirá apreciar la paz y prosperidad generalmente invisibles que caracteriza la vida moderna y, además, entender sus causas igualmente invisibles. 

*Este artículo fue originalmente publicado en FEE y traducido al español por Paz Gómez

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