Ciencia, desarrollo y libertad humana

19/07/2017
Martín Bonfil Olivera

El intelecto humano es sin duda la mayor herramienta de supervivencia con que cuenta nuestra especie. Y es ese refinamiento del intelecto humano que conocemos como ciencia, junto con la aplicación del conocimiento que produce a través de la tecnología, lo nos ha permitido extendernos y prosperar a lo largo y ancho del mundo, hasta convertirnos no sólo en una de las especies más exitosas del planeta, sino también en una de las más peligrosas.

La ciencia logra esto porque potencia las capacidades naturales de observación, abstracción, generación de modelos y predicción que posee naturalmente nuestro sistema nervioso –producto a su vez de nuestra historia evolutiva– y las pule, eliminando muchos de sus defectos (no todos, pero cada vez más) para convertirlas en un método de alta precisión y confiabilidad para representar el mundo en que vivimos, y predecir y controlar su comportamiento.

Lo hace por medio de la observación controlada, precisa y cuantitativa; la experimentación; el desarrollo de instrumentos de precisión; el uso de la estadística, y sobre todo la amplia y abierta discusión crítica de datos, resultados e interpretaciones: un sistema colectivo no sólo de pensamiento, sino de control de calidad –quizá el más estricto que existe en actividad humana alguna–, formado por expertos que colaboran para garantizar que la empresa científica siga avanzando, y que el conocimiento que produce siga siendo confiable. La ciencia, así nos hace más libres a través de conocer y entender el mundo que nos rodea.

Pero la ciencia no sólo nos ayuda a sobrevivir: también ha transformado nuestras vidas, por medio no sólo de desarrollos tecnológicos que cambian por completo nuestros hábitos y maneras de relacionarnos (fuego, agricultura, máquinas de vapor y combustión interna, telecomunicaciones, transportes, viajes espaciales, computación…) sino también de desarrollos médicos que salvan millones de vidas (vacunas, antibióticos, técnicas quirúrgicas, terapias contra el cáncer o el VIH…) y de aplicaciones agrícolas, industriales, textiles, en construcción y muchísimos campos más. La ciencia nos hace más libres al eliminar plagas y limitaciones que nos impiden desarrollar nuestro potencial.

Al mismo tiempo, la ciencia y la tecnología han dotado a las sociedades humanas de capacidades cada vez mayores para difundir la cultura, educar, fomentar la discusión informada y crítica, y permitir así el surgimiento de sociedades democráticas modernas y más justas: desde la imprenta hasta los medios masivos de comunicación y los actuales medios digitales, la ciencia y la tecnología nos hacen más libres al permitirnos circular y discutir cada vez más ampliamente la información, formarnos nuestras propias opiniones y tomar nuestras propias decisiones como ciudadanos.

Pero las ciencias naturales, y la tecnología que de ellas deriva, se basan sólo en el estudio del mundo físico. El estudio del ser humano es mucho más complejo. Es por ello que las ciencias médicas o la psicología tienen retos mucho más arduos que la física o la química. Los sistemas que estudian –el cuerpo o la mente humanas– ya no pertenecen al mundo llanamente objetivo, de lo que está “ahí afuera”. En ellas la perspectiva subjetiva del individuo influye en la observación, y dificulta separar la información útil del ruido (el dolor y el malestar, por ejemplo, son sensaciones subjetivas; no existe un “dolorímetro”; en cuanto a los fenómenos psicológicos, su mera definición plantea problemas complicados).

En cambio, las ciencias sociales –antropología, historia, economía, ciencia política y otras–,que estudian ya no la naturaleza ni al individuo humano, sino a las sociedades que forma y los complejísimos fenómenos a los que éstas dan origen, enfrentan un reto mucho más difícil. Las ciencias sociales han procurado adoptar y adaptar, en la medida de sus posibilidades, la actitud científica de las ciencias naturales, junto con sus métodos, fuente de su enorme poder explicativo. Esto ha hecho que sus modelos sean cada vez más rigurosos, basados en datos cada día más confiables y representativos.

Pero, además, se ven obligadas a considerar otros elementos que simplemente no preocupan a las ciencias naturales. Porque se trata aquí ya no de estudiar lo que existe objetivamente, sino de construir colectivamente, mediante acuerdos basados en el rigor intelectual, definiciones, conceptos, parámetros, teorías y modelos que representen de manera útil los fenómenos humanos y sociales. Y no sólo eso: las ciencias sociales buscan entender y, de ser posible, predecir y, si no controlar, al menos sí orientar el comportamiento de estos sistemas, pero obedeciendo a ideales de tipo ético: fomentando sociedades con justicia, libertad, tolerancia y pluralidad, donde sean posibles el desarrollo social y humano.

La semana pasada tuve el privilegio de ser invitado a hablar sobre la relación entre cultura científica y participación ciudadana en la 5ª Escuela de Verano “Libertad y desarrollo que, gracias a la iniciativa y entusiasmo del Dr. Luis Sánchez Mier, lleva a cabo cada año la Universidad de Guanajuato, con el auspicio de instituciones internacionales, para promover en los estudiantes nacionales e internacionales que participan en ella el conocimiento y la reflexión sobre la relación entre la libertad y el desarrollo humano.

Una de las cosas que aprendí es que cada vez queda más claro que son las sociedades libres, tanto a nivel personal y social como económico y político, las que ofrecen las mayores oportunidades al desarrollo de las personas (la “búsqueda de la felicidad” que menciona la Declaración de Independencia de los Estados Unidos; el propio proyecto personal). Y también las que, a través de un mayor desarrollo económico, pueden ofrecen un mayor bienestar a sus poblaciones.

Ante el resurgimiento de la intolerancia religiosa, ideológica y política, y las crisis humanitarias y políticas causadas por regímenes totalitarios como los de Corea del Norte, Turquía o, más cerca de nosotros Venezuela, que suprimen libertades individuales y sociales y dañan a sus ciudadanos, urge fomentar el pensamiento crítico y difundir el mejor conocimiento producto de las ciencias sociales, elementos indispensables para tener sociedades libres.

La defensa de los valores sociales y la búsqueda de sociedades más justas son también parte de la cultura científica.

 

*Este artículo fue originalmente publicado en Milenio

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