¿Qué país recibe Lenín?

Ramiro García F
10/04/2017

Las elecciones del 2 de abril nos dejan muchas más dudas que certezas, pues la fractura del tejido social generada por diez años de ejercicio del poder, en el que se descalificó a todo aquel que osara criticar al Gobierno, se evidenció en una votación totalmente dividida entre los finalistas. Los casi 49% obtenido por Guillermo Lasso nos muestra una mitad del país clamando por un cambio. Aún más, una buena parte del 51% obtenido por Lenín Moreno, con seguridad no lo ve como una simple continuación del correísmo, sino como la posibilidad de mantener las políticas sociales con menos contradicciones y conflictos.

Si a este escenario de división, de por sí difícil en materia de gobernabilidad, le añadimos las denuncias de fraude que han llevado que a lo largo de toda la semana, miles de ciudadanos salgan a protestar en las diferentes ciudades del país, tenemos un problema aún mayor y esta vez de legitimidad. Sin duda, la peor forma posible de iniciar un mandato. Un país dividido, en el que los actores políticos de lado y lado no hacen absolutamente nada por unificarlo, no es el mejor escenario para un ejercicio sano de gobierno. El análisis gubernamental maniqueo y simplista, al descalificar a quienes protestan, no toma en cuenta que medio país se siente representado por esas reivindicaciones, porque más allá del resultado y el eventual fraude que se denuncia, las marchas son de oposición a una forma arbitraria y abusiva de ejercer el poder.

Cuando se lee y escucha al presidente Correa burlarse de la oposición, más allá de la molestia que esto puede generar, no se puede dejar de sentir lástima por una parte, por alguien para quien diez años de ejercicio de poder no han sido suficientes para solucionar sus contradicciones y resentimientos y por otra, por quien debe heredar el cargo y asumir el costo político de la ruptura social. Cualquiera con tres dedos de frente sabe que quienes protestan en su mayoría, no son seguidores de Lasso si no opositores al Gobierno. ¿En serio creen que descalificándoles e insultándoles los van a desmovilizar? La visceralidad con la que se manejan las estrategias políticas gubernamentales está cavando un hoyo en el que están metiendo a su propio proyecto político. Mantener el esquema de contradicción, descalificación y violencia, les hace cada vez más dependientes de la fuerza pública y esto no es saludable por donde se lo mire. Cuando estas decidan dejar de reprimir a la ciudadanía, quedarán a merced de quienes ven en la violencia la única forma posible de accionar político. ¿Es esto lo que buscan? Si es así, lo están haciendo de maravilla.

Ya lograron ubicar a la mayor parte de sectores de izquierda en la vereda del frente y que muchos que ven a Lasso ideológicamente en las antípodas, terminen votando por él. Una vez posesionado Moreno, los propios sectores que apoyaron su elección empezarán a exigir el cumplimiento de sus ofertas de campaña, la mayor parte de las cuales son económicamente imposibles. ¿Sabe el “presidente electo”, como gusta ser llamado el licenciado que ocupará el sillón de Carondelet, que apenas días antes de la elección la deuda externa ecuatoriana creció varios miles de millones y que apenas estamos en el primer semestre del año? ¿Ha pensado cómo va a pagar el enorme gasto corriente del sector público, con los precios actuales del barril de petróleo? ¿Ha pensado cómo financiar el bono de 150 dólares que ofreció o las múltiples universidades que propuso crear?

Esto y más deberá preocupar al candidato-presidente, una vez que se posesione, así como las denuncias de corrupción que arrastra la administración actual. Sigue pasando el tiempo y acercándose el día en que se hagan públicos los documentos relacionados al caso Odebrecht, así como a otros temas que son de preocupación nacional. ¿Está listo Moreno para todo esto? Sus primeras intervenciones han sido erráticas y al parecer no entiende aún lo delicado de la situación política del país. Cuando se acapara todo el poder, no se lo pierde por partes y los discursos cada vez adquieren un mayor componente de radicalidad y violencia. En algunos tanto, que casi es imposible diferenciar a los de uno u otro bando. Esto nos muestra que lejos de desactivarse, la violencia generada durante diez años por un discurso presidencial confrontador, se ha diseminado y ha impregnado al núcleo mismo de la sociedad. Los resultados de las elecciones son ahora lo que menos importa a la ciudadanía movilizada, no defienden un candidato, simplemente quieren cambio y no cejarán en su empeño. (O)

*Este artículo fue publicado originalmente en El Universo. Para ver el artículo original consulte el siguiente enlace

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